“Las oportunidades existen, pero debemos crearlas”
Dos de la mañana. Una máquina nueva. Silencio. Rostros tensos.
Yuli Rodríguez y su esposo Oscar Weck acababan de instalar una prensa diseñada para extraer aceite de sacha inchi. La encendieron, esperaron... y no salió ni una sola gota. Después de meses de esfuerzo y un gran riesgo financiero, se quedaron sentados en silencio, mirándose el uno al otro, haciéndose la única pregunta posible: «¿Y ahora qué?».
No era la primera vez que la realidad les ponía un muro delante. Pero en la vida de Yuli, los muros no son muros: ella los empuja hasta convertirlos en puertas. Nacida y criada en Putumayo, en el suroeste de Colombia, Yuli habla de su territorio con orgullo y claridad: «Es un lugar muy bonito, lleno de oportunidades, pero hay que crearlas». Durante su juventud, las oportunidades eran escasas: opciones educativas limitadas, acceso deficiente a Internet y perspectivas laborales sombrías. Así que se marchó a la ciudad de Neiva, a cinco horas de su casa, para estudiar Ingeniería Ambiental.
Después de graduarse, trabajó en estudios de impacto ambiental para un oleoducto, «el camino natural» para su profesión en Colombia. Pero ese camino no se alineaba con su propósito. Durante la crisis económica y después del acuerdo de paz de 2016 entre el gobierno colombiano y las FARC, ella y Oscar tomaron una decisión que cambió sus vidas: regresar a Putumayo e intentar algo diferente.
No había un plan claro. Pero poco a poco, comenzaron a imaginar cómo convertir los frutos de la biodiversidad en productos de valor añadido. Primero el sacha inchi. Luego el cacay. Y poco a poco, nació BioIncos.
La idea parecía sólida, pero la realidad fue dura. Yuli admite que no sabían nada sobre administración, impuestos o mercados. De repente, tuvieron que aprender sobre devoluciones del IVA, contables, licencias y registro de empresas. La curva de aprendizaje fue muy pronunciada. Y aquella noche en la que la prensa no funcionó se convirtió en un símbolo: podrían haber abandonado, pero decidieron adaptarse, rediseñar y volver a intentarlo. Días más tarde, el aceite finalmente goteó de la máquina. Esa primera gota fue más que un producto, fue la prueba de que la perseverancia con un propósito finalmente da sus frutos.
Otro punto de inflexión no vino de las máquinas, sino de la confianza. Cuando Yuli y Oscar decidieron comprar cacay a las comunidades locales, nadie les creyó. Era una fruta silvestre que comían los animales y unas pocas familias, nunca algo «de valor». Ofrecer dinero por algo que siempre había sido gratis parecía sospechoso.
Yuli y Oscar se quedaron una semana en una comunidad. Montaron un pequeño puesto y dijeron a los agricultores locales: «Traednos una bolsa de cacay y os pagaremos por ella». Días después, un hombre llegó con una bolsa pequeña, para comprobar si su promesa era cierta. Cuando le pagaron en el acto, todo cambió. La confianza se extendió. Llegaron más bolsas. Más familias se unieron.
En ese gesto reside la filosofía de BioIncos: tomar algo que ya existe, conectarlo con un mercado que lo valora y generar ingresos a partir de ello. No se trata solo de obtener beneficios, sino de transmitir un mensaje: el bosque puede sustentar una economía digna sin dejar de ser un bosque.
El crecimiento de BioIncos también se aceleró con el apoyo de NESsT. «Siempre digo que hubo un antes y un después», explica Yuli. «Antes, operábamos casi de forma artesanal. Después de ese proyecto, comenzamos a expandir el negocio y a hacerlo más técnico».
Ese cambio es visible: mesas de acero inoxidable, infraestructura mejorada, procesos organizados, planes de trabajo y sistemas de calidad más sólidos. Pero el cambio más profundo es la sensación de tener una base sólida. El apoyo y la inversión NESsTno solo guiaron el impulso de Yuli y Óscar, sino que también hicieron que su modelo de negocio fuera tangible y sostenible a largo plazo.
El impacto se ha extendido. Los proveedores que antes utilizaban el cacay solo para consumo doméstico ahora lo ven como una fuente real de ingresos. Una familia incluso informó que una sola cosecha les ayudó a superar una grave crisis económica. Estas historias, dice Yuli, son las que les animan a seguir adelante. Son la prueba de que el esfuerzo no se queda en un almacén, sino que transforma vidas.
Yuli y Oscar sueñan con un Amazonas donde la bioeconomía sea un medio de vida genuino, donde el bosque sea sinónimo de bienestar en lugar de estancamiento. Ese sueño crece con cada paso adelante: la máquina que finalmente funcionó, la primera bolsa de cacay comprada, la infraestructura mejorada y, sobre todo, la confianza ganada de las comunidades.
